Jorge Buffa, lector de Diario Diez comparte cuentos e historias

Cultura 06 de diciembre de 2017 Por
"No busquen excusas para abrir un libro, háganlo sin pensar más allá, que todo lo que viene con ese gesto son beneficios: te hace más libre, alarga la vida, aumenta las conexiones del cerebro, da experiencia, te encuentra contigo mismo y con los demás"
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Ya insistió María Moliner en 1937, mediante una carta a los «bibliotecarios rurales», en la «capacidad de mejoramiento espiritual» de las personas a través del fomento de la lectura. Y no le faltaba razón. Pero lo que la también bibliotecaria no sabía es que esos mismos hábitos tenían un efecto tan saludable en la mente como en el físico.

Don Buffa, vive en la Villa Cabecera de Santa Rosa y tiene como objetivo, incentivar en los demás, el hábito de la lectura. La lectura está ligada a la curiosidad, como parte importante en la búsqueda del conocimiento. Esa curiosidad, si no se tiene de forma innata, se puede generar mediante la creatividad, que permita el juego de acercamiento a los libros, que plantee cuestiones sobre sus contenidos, que induzca a la búsqueda de las riquezas ocultas en su interior, que ayude a descubrir los mundos imaginarios que contienen, que transmita el placer que genera la palabra bien escrita.

PRIMERA AVENTURA
Lustró su vehículo con una gamuza, pateó cada una de las gomas para comprobar sí no les faltaba aire, controló —¡tuuut, tuuut!— el sonido de la bocina y se dispuso a conocer el mundo que se extendía más allá de su barrio.

Puso en marcha el rodado. 

Mientras partía de la vereda de su casa miró a través del espejito retrovisor: las baldosas familiares se alejaban cada vez más y él estaba contento.

No se escapaba de su casa, no. No tenía ningún motivo para hacerlo: Andrés quería mucho y era muy querido. Simplemente, ese domingo se había despertado con ganas de viajar y el impulso de las ganas le había hecho olvidar de que lo correcto era avisarle a sus padres, pedirles permiso.

Aceleró. Ya estaba en territorio desconocido. No había visto antes esas vidrieras, ni aquellas chimeneas, ni esas bocacalles, ni a aquel señor, que lo miró con cierta inquietud cuando Andrés pasó a su lado. ¿Se habría dado cuenta de que aún no tenía registro de conductor? Mejor no averiguarlo. Por las dudas, Andrés imprimió más velocidad a su vehículo y se perdió en el agitado mediodía. 

A la media hora de no verlo —ocupada como estaba en la preparación del almuerzo dominguero— su mamá se alarmó y comenzó a buscarlo por las casas de algunos vecinos:

—¿No han visto a Andrés? ¿Dónde estará mi hijo? —y el llanto de la señora Pilar conmovió el barrio.
Más tarde, fue a la seccional de policía próxima a su domicilio, acompañada por su esposo.
—¡No fue un descuido, agente! ¡Andrés siempre me dice adonde va! ¡Lo habrán raptado!
Dos patrulleros salieron, de inmediato, a recorrer la zona en su busca. Los hombres se dividieron en grupos y revisaron cuidadosamente las obras en construcción, el deshabitado jardín de la escuela, el terreno baldío, la playa de estacionamiento clausurada por refacciones...

Entretanto, Andrés continuaba —alegremente— su viaje de descubrimiento. Ese domingo era una ventana abierta sobre el mundo y él sentía un pequeño sol ardiéndole dentro del pecho, un solcito tanto o más cálido que el que lo iluminaba desde el cielo. Ese domingo era un río transparente que lo arrastraba, produciéndole una alegría nueva, tan distinta...

—¡Eh, jovencito! ¿Adónde va usted?—. Un vigilante lo detuvo resueltamente. Andrés intentó seguir su marcha pero no pudo. Una mano del señor sujetó el manubrio de su triciclo y la otra el tirador de su mameluco.

—Conque escapándose de casa, ¿eh?
La ventana de ese domingo se cerró de golpe. Andrés no pudo explicar por qué había recorrido tres kilómetros en su triciclo... Fue devuelto a sus papás, que lo abrazaron lógicamente desesperados:
—¿Por qué, hijito, por qué te escapaste?
—No me escapé... — y besó con todo su afecto al papá y a la mamá, muy compungido por haberlos hecho preocupar sin querer. Y nada más.

Claro: Andrés no sabía cómo poner en palabras ese río de la libertad que lo había arrastrado...
Claro: Andrés tenía solamente dos años...

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