Leonardo Favio: sinfonía de un sentimiento con final abrupto

Cultura 08 de diciembre de 2019 Por Diario Diez
Ultima parte de los textos que recorren la vida de este creador inabarcable. Aquí llegan sus últimos grandes films.
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“’Que le nazca hembra, barredora y buena’, rezan las mujeres. Pero varón nació, lobisón será”. Después del suceso que fue “Juan Moreira”, Leonardo Favio escaló su propio desborde cinematográfico y empezó a imaginar la que fue durante casi 40 años (hasta “Relatos salvajes”) la película más taquillera de la historia del cine nacional, con 3.400.000 espectadores: “Nazareno Cruz y el lobo”. 

A partir del radioteatro de Juan Carlos Chiappe, que escuchaba junto a su hermano cuando eran chicos en el patio de la casa de Luján de Cuyo, Favio le dio vida al mágico drama que cuenta la historia de Nazareno, séptimo hijo varón de una familia de campo, que sólo esquivaría su destino de lobisón las noches de luna llena si no se enamoraba.

Pero apareció la hermosa Griselda y se desataron el amor y la furia. 

“Esa película se gestó cuando en el país se desarrollaba esa enorme lucha por saber cuáles eran los bueno, cuáles eran los malos. Todos se debatían pensando si el peronismo, si la izquierda, si la derecha... El que elegía el amor estaba perdido”, le decía Leonardo Favio a Adriana Schettini para su libro “Pasen y vean”. “Nazareno Cruz y el lobo” fue el último guion que escribió “con felicidad”, según sus propias palabras. Ya “Soñar, soñar” (1976) la pergeñó “muy presionado por la situación política”.

En realidad, luego del estreno de “Nazareno...”, en 1975, Emma Gatica fue a ver a Favio para proponerle que contara la historia de su marido, el boxeador José María Gatica. Al director le encantó la idea pero los tiempos convulsionados que corrían, más la inversión millonaria que imaginaba para el proyecto, lo convencieron de dejarlo para más adelante. Y entonces apareció en escena “Soñar, soñar”, una película chiquita con personajes que hacía rato le venían dando vueltas en la cabeza: el Rulo y Charlie. El primero estaba inspirado en un muchacho amigo que se hacía pasar por ventrílocuo con la ayuda de un enano al que metía en una valija y presentaba como su muñeco. El otro personaje, podría haber sido él mismo.

Con todo eso, sumado a la paleta infinita de colores que le regaló su paso por el Parque Japonés, Favio creó la historia circense de un atorrante y un crédulo aspirante a artista que tratan de arreglárselas para seguir sus deseos en un universo desesperantemente marginal. El golpe de Estado de 1976 los sorprendió en pleno rodaje. 

A pesar de tenerlo a Carlos Monzón (era su Charlie) y a Gian Franco Pagliaro (el Rulo), la película pasó sin pena ni gloria para público y crítica. “Yo no imaginaba que iba a terminar todo tan mal. La película ni siquiera tuvo el aporte publicitario de Monzón. Creo que mucha gente estaba tan en contra del peronismo que no quería ver nada que tuviera que ver con eso. Creo que la historia no ofrecía una lectura política, pero de alguna manera y sobre todo en la estética, era subversiva”, les decía Pagliaro a los autores de “La memoria de los ojos”, la filmografía de Favio.   
 
En cuanto cayó el gobierno de Isabel Perón, Leonardo Favio tuvo la clara sensación de que lo invisibilizaron. Su película casi no fue tenida en cuenta por la prensa (años después fue reivindicada), no le hacían notas y su nombre empezó a aparecer en listas que eran enviadas a los medios para que no emitieran sus trabajos. El exilio todavía no se presentaba como una alternativa cercana, pero la situación tomó otro cariz cuando una noche en la que él no estaba en la casa de sus suegros en Gonet, donde vivía con

Carola y su hijo Nicolás, entraron soldados que revisaron todo a punta de ametralladora. 
“Yo a la canción la entré a querer en el 76, cuando me prohibieron acá y me tuve que ir sin un mango”. Y sí, después de años, Favio sacó a relucir otra vez su faceta musical: armó una banda y organizó una gira que lo llevó desde Chile a México. Había que irse.

Las presentaciones empezaron a marcar los lugares de residencia. México fue lugar estable sobre todo porque hacía poco había nacido Pupi, la hija menor de Favio, y porque en esa ciudad vivía una hermana de Carola. 

Después de un tiempo, un proyecto teatral lo aventuró nuevamente hacia Buenos Aires, pero esta vez el amenazado fue el dueño del teatro, por lo que el sueño de “Papaíto piernas largas” (la obra en cuestión) se esfumó y la familia se tuvo que mudar a Mendoza. Allí, una vieja casona de la calle Rodríguez (a un par de cuadras del zanjón Frías) se convirtió en improvisado centro cultural de tanto músico amigo que se sumaba a las eternas guitarreadas. Alguno que otro show -en Chile, Venezuela, Colombia o Ecuador- le daban lo justo como para seguir, pero muchas veces eran los mismos amigos los que ayudaban a parar la olla.   
 
Al tiempo, se mudaron a Las Catitas, la pequeña localidad mendocina donde había nacido Favio, y donde tenía un pequeño viñedo en medio del desierto. Allí conoció a algunos amigos de su padre y se cansó de dormir la siesta. Una etapa feliz donde nadie le hacía notar que era Leonardo Favio: “Me querían, nomás”.

Pero llegó la Guerra de Malvinas y Favio consideró “que el naufragio ya era total”.

Emprendió entonces una nueva y larga gira por Latinoamérica, donde se volvió a afincar en México. Pero un accidente durante una gira en Colombia (se quebró el fémur en la bañadera) lo obligó a permanecer en el pueblo de Pereira. Y así, como si nada, se quedaron más de siete años en tierra colombiana, y de esa época es que empezaron a tejerse historias que lo vincularon al líder del narcotráfico, Pablo Escobar. Es que si bien nunca había visto una sola película de Favio, el capo del Cartel de Medellín amaba sus canciones “Ella ya me olvidó” y “Fuiste mía un verano”. Favio llegó a firmarle su colección completa de discos, tomar un café y pasear en su auto sin saber de quién se trataba. 

Fueron años sin cine, a pura música y con toda la popularidad de su lado. Pero extrañaba la Argentina y en 1989 decidió volver. Acá lo esperaba “Gatica, el mono”, ese proyecto que años atrás había logrado entusiasmarlo y que volvió de la mano del que sería su protagonista, Edgardo Nieva. Hacía años que el actor tenía la férrea decisión de llevar a la pantalla grande la vida del boxeador. Lo había contratado al hermano de Favio para escribir el guion y hasta se operó el rostro para que el director lo considerara realmente para el personaje. Fue “un pequeño sacrificio quirúrgico” que se tradujo en que le rasgaran los ojos, le ensancharan la nariz y le cortaran los lóbulos de las oreja.

Una locura inimaginable salvo para dos hombres decididos a plasmar un sueño. No fue fácil el encuentro entre ambos -el protagonista llegó a amenazar de muerte al director- pero el resultado fue todo lo que se podía esperar de Favio y más. De la marginalidad a la gloria y luego al olvido, el director mostraba en este regreso cinematográfico no sólo la vida del boxeador sino la suya propia y la del primer y añorado peronismo. Era 1993 y habían pasado 17 años desde su último estreno en salas.

Nada de tibiezas en el mundo de Favio. O se entra con el alma dispuesta a todo o se mira por arriba del hombro. Eso buscaba y eso conseguía. Con “Gatica”, Favio ganó el premio Goya y estuvo candidateado para los Oscar, pero la bajó para presionar a los diputados que venían cajoneando la Ley del Cine.    

Luego vendría “Perón, sinfonía del sentimiento”, un documental de más de cinco horas -que bien podría haber sido una miniserie- que le encargó en 1994 el entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde, para celebrar al año siguiente el cincuentenario del Día de la Lealtad. Favio fue montajista, editor y -otra vez- apasionado peronista.  

“Aniceto”, de 2008, fue su última película. Una exquisita versión en ballet de su propia película “El romance del Aniceto y la Francisca...” que protagonizó Hernán Piquín. Durante la época del rodaje, la salud de Favio estaba bastante delicada y con el paso del tiempo se fue agravando. Murió el 5 de noviembre de 2012 a raíz de las complicaciones de una hepatitis C. Tenía 74 años y una infinidad de proyectos por delante.  

Inabarcable. Inasible. Contradictoria. Polémica. Poética. Sensible. Furiosa. Inolvidable. Mil cosas se podrían decir de la vida de Leonardo Favio si se tratara de atraparla en una sola palabra. Pero para qué, si se pueden usar todas.

Perfil
Verónica Pagés. (Mendoza, 1968). Periodista y crítica teatral. Se recibió en la UNCuyo. Vive hace más de 25 años en Buenos Aires. Trabajó 20 años en el diario La Nación. Escribe de espectáculos, viajes y demás. Fuente: Diario Los Andes. 

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