Leonardo Favio: nació en Las Catitas, conoció la popularidad y fue admirado por una élite intelectual

Cultura 19 de noviembre de 2019 Por
Fuad Jorge Jury Olivera​, más conocido como Leonardo Favio, ​fue un director de cine, cantautor, productor cinematográfico, guionista y actor argentino. Con sus películas ganó premios nacionales e internacionales, siendo considerado un director de culto, exitoso y respetado.
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La felicidad de los padres juntos le duró poco a Leonardo Favio. Por entonces era Fuad Jorge Jury o “el Chiquito”, y compartía con su hermano mayor, Jorge Zuhair Jury o “el Negro”, parte del nombre y del destino. Había nacido en Las Catitas, Santa Rosa, en mayo de 1938, pero pronto cambió de terruño y así, la calle La Costa de Luján de Cuyo cobijó sus pies desnudos mientras duró el amor de sus casi adolescentes papás, Manuela Olivera y Jorge Jury Atrach.

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Favio apenas despuntaba recuerdos cuando dejó por primera vez ese terruño, y con su madre y hermano recaló en la casa de los abuelos. No era Luján, sino la Ciudad de Mendoza la que los recibía en una barriada igualmente pobre y con calles de tierra.  

En el callejón Ortiz estaba la enorme casona de la abuela Pilar Garcés, española de Navarra, y del abuelo Ibrahim Olivera Riquelme, un criollazo a quien Favio consideraría años después –frente a la periodista Adriana Schettini para su libro Pasen y vean. La vida de Favio– como la persona de su familia que más amó.

Y aparecieron entonces imágenes dominadas por mujeres risueñas y charlatanas. Sus tías, su madre y su abuela dibujaron esos otros años mendocinos que él veía un poco desde lejos, junto a su abuelo, debajo de la enorme palmera del patio: “No había tiempo para mí en ese trajín”.

Allá estaban la “abuelita” Genoveva, que era en realidad su bisabuela, y la tía Berta, la hermana del abuelo, la que lo protegió, lo acercó a Dios y con él a una religiosidad casi pasional. En esa casa, más bien un rancho de adobe, gustaban de rezar, de mirar las estrellas, de ir al río, de escuchar los silencios. 
 
Fueron años de tomar la leche al pie de la vaca, de mirar pasar el camión regador de la municipalidad, de saber de los autos sólo porque se escuchaban allá a lo lejos cruzando el puente viejo, de historias con duendes siesteros o mujeres altas que soplan los techos de las casas de los chicos que se portan mal. “Adoro el niño que fui. Fue la época que marcó mi forma de ver la vida”, dijo alguna vez.

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Desde entonces, la vida de Leonardo Favio fue un ir y venir de lugares, de cariños, de abandonos que él siempre eligió mirar con ternura, con excusas que explicaban a los demás y lo alejaban del rencor.

Un día, sus abuelos también se separaron y su mamá –que ya había elegido ser la actriz de radioteatro Laura Favio– se llevó a su hermano a Buenos Aires, para intentar crecer en la profesión. La pobreza obligó a la mujer a llevar al Negrito al Hogar “El Alba”, donde los chicos dormían e iban a escuela, aunque más con el ideario de un reformatorio que de un lugar de amorosa contención. 
 
Cuando cumplió los 8, su mamá lo llevó con ella a Buenos Aires. Iba contento porque sabía que iba a estar en el Hogar “El Alba” con su hermano el Negrito. Se imaginaba algo parecido a Los Exploradores de Don Bosco. Pero no. Un sistema casi carcelario le mezquinaba a su hermano mayor, al que sólo veía cuando se asomaba desde un piso más arriba. 

Los encuentros más deseados sucedían los fines de semana. La mamá llegaba a visitarlos y sólo así el abrazo de tres era posible. Las despedidas, el miedo y la soledad le jugaron una mala pasada. Leonardo empezó a hacerse pis en la cama, algo con lo que convivió hasta pasados los 15.  
 
La mamá del Chiquito y el Negro trabajaba como actriz de radioteatro y ganaba 80 pesos por mes, lo que apenas le alcanzaba para alquilar una pieza en un conventillo de la calle Arenales. Para ella era mejor que sus hijos estuvieran en ese hogar y no vagando por las calles o lustrando zapatos. 

En los dos años que Leonardo estuvo allí, podía equilibrar la tristeza con algunos momentos de explosiva felicidad. Con la llegada de Perón, en 1946, aparecieron los regalos y la colonia de vacaciones. Martín Karadagian los sorprendía cada tanto con sus shows. Y estaban los amigos. 

Pero el momento que lo marcó para siempre sucedió el día en que llevaron a todos los chicos a participar en una película protagonizada por Narciso Ibáñez Menta, Cuando en el cielo pasen lista. Era un homenaje a William Morris, fundador del hogar “El Alba” donde vivían. No fue la filmación, ni las cámaras, ni el set, ni la presencia de un actor famoso lo que volvió memorable el momento. “Esa película la recordé toda mi vida porque ese día –yo tendría ocho años– nos dieron chocolate”. 

A los 10 se escapó. Hacía un año que su hermano Negrito había salido del hogar y había regresado con sus tías a Mendoza. Ya no tenía sentido el dolor ni la espera.

Vaya a saber cómo, pero Leonardo se las arregló para filtrar la seguridad, tomarse un tranvía y llegar a la pensión de la calle Belgrano donde se había mudado su mamá. Los ojos redondos de sorpresa de ella no se comparaban con los de él: su madre tenía en brazos a Horacito, un nuevo hermano que Leonardo estaba lejísimos de imaginar. 

A poco de que el amor entre su mamá y el papá de Horacito –el actor Horacio Torrado– se diluyó, madre e hijos volvieron a Mendoza. Un futuro soñado los situaba en Buenos Aires, pero la certeza del cariño familiar los empujaba a volver. 

Entró como pupilo al Colegio Don Bosco, y al poco tiempo lo becaron para ir al Seminario. Más oportunidad que vocación religiosa. “Ninguna vocación. ¿A qué podía aspirar yo? A tener un quiosco o entrar en la marina. Pero para eso exigían el tercer grado. Y yo fui hasta segundo”. No duraría mucho tratando de despuntar una misión sacerdotal. El problemita del pis en la cama lo dejó de patitas en la calle. Entonces, ¡por fin! vivieron madre y hermanos todos juntos en la calle Rioja. Pero tampoco duró.  
 
En busca de oportunidades, la mamá necesitaba que alguien velara por sus hijos, así que dejó a los dos grandes de nuevo en Luján de Cuyo. Esta vez en el hogar Casa del Niño, que dependía del Patronato de Menores. 

Leonardo, que a ciencia cierta todavía no era tal sino el Chiquito, tenía 12 o 13 años y paraba poco en el hogar. La calle lo atraía ardorosamente. Entraba y salía del Patronato como si fuese una pensión, hasta que las atorranteadas lo mandaron –bien rapado– a un instituto de menores en Colonia Agrelo, en el medio del campo. 

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A los dos días se escapó, corrió desesperado, hizo dedo y llegó de nuevo a Luján. Allí lo esperaban quienes serían sus amigos para siempre: el Negro Cacerola, Juan Bordón, el Cachito Morales, el Cacho Tamís y Raúl Di Marco. Aparece así en su nuevo universo la amistad como valor supremo, la solidaridad, los sueños, las mujeres.  

Fueron cuatro años de galguear la pobreza a costa de ayuda y algunas avivadas. Fueron muchos los personajes que empezaron a formar parte de su vida y le dieron color a su enorme imaginario personal. 

Una fue la Boliviana, prostituta que llegaba desde Mendoza cuando los obreros de YPF cobraban la quincena. Leonardo recorría los bares para avisar que ya estaba, y organizaba todo para que, en forma ordenada, la Boliviana los recibiera en su casa de adobe. 

En agradecimiento y cuando ya no había nadie, la piba lo dejaba dormir con ella y al despertar le daba algo de plata para las tortitas y el mate cocido. Después la acompañaba a tomarse el colectivo que la llevaba de regreso a Mendoza. Un pequeño cafisho. Como su papá, ese del que casi no le quedaron recuerdos. Apenas unos trazos de memoria recogida años más tarde le armaron la imagen de un sirio guapo y entrador que le huía al trabajo, pero no al juego ni a las mujeres (“terminó viviendo con cuatro o cinco putitas que lo mantenían”). Jorge Jury Atrach murió a los 33 años en el Hospital Central por una úlcera perforada de estómago. 
 
También estaba la bella Margarita, una gitanita de la que se enamoró hasta las pestañas y que se lo llevó a vivir con su familia, que iba siguiendo la plata que dejaban las cosechas. Toda una vida en un año.

Un poquito más grande, empezó a ir y a volver a Mendoza, donde su mamá había armado una compañía de radioteatro, para la que Leonardo Favio –ahora sí con el nuevo nombre– empezó a actuar. Iba de un mundo a otro como si nada. Era tan escurridizo y pillo como galán y comprador. 

La cosa empezó a cambiar con La fiera acorralada, un radioteatro bisagra que ubicó a la mamá de Leonardo como guionista y directora a la par de los grandes del género de la época. Y a él, como protagonista, frente a un mundo del que recién estaba abriendo tímidamente la puerta. 

* (Mendoza, 1968). Periodista y crítica teatral. Se recibió en la UNCuyo. Vive hace más de 25 años en Buenos Aires. Trabajó 20 años en el diario La Nación. Escribe de espectáculos, viajes y demás.

Fuente: Diario Los Andes 

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