Santa Rosa. "Mi madre falleció pensando que yo había muerto en Malvinas"

Departamentales 04 de abril de 2021 Por Gabriela Sosa
Orlando Urquiza, el soldado que en las Islas Malvinas luchó contra los británicos, el hambre, el frío y sus superiores. Lo dieron por muerto y su madre murió de tristeza. Una historia que merece ser contada.
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Fría mañana de junio. La llovizna de la noche anterior avizoraba un cielo gris. Eran cerca de las 9 de un 15 de junio de 1982, cuando el jefe de guardia de la vieja Estación de Trenes, José Néstor Lencinas de Las Catitas, divisaba a lo lejos un tren de pasajeros que provenía de Capital Federal.

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En uno de los vagones, sentado en una orilla en el piso, un joven lloraba. En realidad lo hizo - muchas veces, en silencio - desde que terminó la guerra de Malvinas. Él, sólo quería encontrarse con su familia.

Había pasado mucho tiempo, tenía apenas 18 años y tuvo que vivir como muchos un capítulo de su vida teñido de oscuridad y sufrimiento.

Orlando Urquiza es su nombre y recuerda como si fuera ayer cada momento vivido en Malvinas. En esas tierras, en las que muchos dejaron la vida; otros vieron caer a sus camaradas y sufrieron en carne propia el dolor de la derrota, la humillación del cautiverio y la ingratitud del regreso e, incluso, hasta el olvido de algunos de sus compatriotas.

"Estaba en el Batallón de Infantería N° 3 a punto de retirarme junto a otros compañeros, cuando nos dejaron encerrados y nadie nos decía porque", recuerda Orlando, quien se encontraba haciendo en aquel entonces, el Servicio Militar.

Luego, nos embarcaron en un avión con ropa de abrigo y solo pensábamos que se trataba de una simple salida de rutina, pero no fue así”, dice.

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“Nos trasladaron al Batallón de Marina N° 5. Habían otros compañeros y a muchos de los que recién se incorporaban, tuvimos que enseñarles como se usaba un arma. Posteriormente, nos llevaron en helicóptero hasta Malvinas, nos dejaron en Bahía Elefante Marino, a dos millas al Norte del asentamiento ubicado en la Isla de Borbón. Hasta ese momento no entendíamos bien que pasaba, luego nos llevaron a los campos y un par de aviones comenzaron a bombardear la zona y terminamos de comprender que estábamos en guerra. Por supuesto, uno no sabe lo que es una guerra; eso hay que vivirlo", afirma.

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En Malvinas vivió días duros. Orlando, recuerda que los primeros meses consiguió establecer comunicación con su familia, “Podíamos enviar telegramas y recibir también, pero luego una bomba destrozó el cuartel de comunicaciones y perdí contacto con todos”.

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Había terminado la guerra y en Las Catitas, departamento de Santa todos, creían que Orlando había muerto. Los vecinos concurrían en aquel entonces, a las misas oficiadas por el Padre, Tulio Pusterla, quien rezaba por su alma y la de todos aquellos soldados caídos en combate.

“En Puerto Argentino, me dieron por muerto” rememora. “Cuando llegué a Buenos Aires lo primero que hice fue enviar un telegrama para que me esperaran, pero el mensaje nunca llegó y nadie tenía noticias acerca de mí”.

Lejos de todo

Este ex combatiente tuvo que dar batalla a la vida, a la desolación y a la tristeza, soportar el fragor del combate y vivir en condiciones climáticas extremas.

Estuvo cercado durante más de dos meses, bajo el flagelo y la desolación. Pero tuvo que soportar el dolor más grande, el haber perdido a su madre cuando él estaba en Malvinas.

“Fue inexplicable mi dolor, mi angustia, mi llanto. Ella falleció pensando que yo había muerto en la guerra. Si bien tenía una enfermedad terminal, su vida se agravó más aún, cuando se enteró de aquella falsa noticia. La pena pudo más y murió de tristeza. Ella nunca supo, que yo estaba vivo”.

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Aquella fría mañana de junio en que Orlando regresaba a su pueblo natal, nadie lo esperaba en la Estación del Ferrocarril.

La tristeza de su muerte había embargado el alma de los pueblerinos. “Siempre recuerdo que en aquel entonces solo quería abrazar a mis hermanos y sabía que mi madre nos iba a abrazar desde el cielo".

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"Unas 30 monjas que viajaban a San Juan le pidieron al maquinista que detuviera o mermara la marcha para que yo bajara en Las Catitas, ya que sólo había parada en San Martín. Ellas me ayudaron, me bajaron las valijas, mientras el tren mermaba su paso. Allí, el guardia de la estación sin decir una palabra solo me abrazó y nos echamos a llorar”.

El abrazo interminable 

El joven soldado se acercaba para cumplir su sueño, abrazar a sus dos hermanos Jorge y Juan. “Vivíamos en una casita en la calle Guiñazu. Nene Muzaber, quien nos alquilaba me acompañó a ver a mis hermanos y finalmente nuestros corazones se estrecharon en un solo abrazo”... (pausa, hace silencio).

Orlando volvió a sobrevivir. Primero, a la guerra. Luego, a los fantasmas que la guerra le dejó, pero ahora su vida cambió y en su hogar teje ilusiones, concreta sueños, abraza a sus hijos y nietos y todo lo vivido hace años atrás, solo quedará en el recuerdo.

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Producción periodística: Gabriela Sosa 

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Publicado por Tenaza Servicio Gráfico en Miércoles, 24 de marzo de 2021

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